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RESEÑA
CULTURAL
Tomado del Boletín Rotarios en Acción (octubre de
2007)Por Fidel
Díez Correa
“AMORES SIN
TREGUA”
Novela de María Cristina Restrepo
De una vez por todas, y sin más
preámbulos, desde los primeros capítulos ya el lector tiene ante sí
el drama, aquel testimonio de vida y muerte que remueve su
conciencia, el reconocimiento de su culpa, nuestra culpa, somos una
sociedad culpable, culpable la educación, la religión, la
prescindencia y complicidad del medio, culpables todos. Culpable la
época... No es el drama de una
familia, es el drama que se ha
generalizado y que opta por las personas. De otra parte, es una
novela histórica, porque, sin profundizar en la incidencia económica
que determina la vida de las comunidades, toma un período de la
historia y cuenta la vida real de sus personajes, en medio del
conflicto de la época. Como siempre, un período no menos álgido bajo
el dominio del general Mosquera y la égida de muchos otros actores,
los cuales, entre todos, deciden la suerte de la nación. El telón de
fondo de la novela, el conflicto y las guerras que van de 1861 a
1864, y la presencia del general Mosquera en Rionegro, en la reforma
constitucional de 1863.
Imposible no identificar en la
novela de María Cristina Restrepo, reflexiones muy interesantes e
ilustrativas sobre el período del cual trata, y de los personajes
sobre los que ella se ha informado, seguramente, demasiado bien.
Después de todo, no deja de intrigarme el personaje de opereta que
fue el general, y que ella se complace en caricaturizar hasta la
saciedad por aquellos títulos nobiliarios de que habla y, además,
por aquella indumentaria que se compone de uniformes militares, tan
meticulosos por el rigor y la finura del corte, insignias y medallas
-pero no de la misma
manera, el vestido elegante y el
porte en don Pascual Bravo: un verdadero gentleman-. Del general
Mosquera podríamos decir muchas cosas, pues sigue dando que pensar,
solo que enfrascó al país en pugna contra la Iglesia, en la
constitución del 63, cuando -según Alberto Lleras Camargo, en “Mi
Gente” pudo aprovechar la Reforma y hacerla más fructífera: “Fue
otra oportunidad histórica perdida. El país seguiría dando tumbos en
esta materia, y pasando de Escila a Caribdis, de los comecuras como
Rojas Garrido, a los chupa velas y sacristanes autores de la reforma
del 86 y del Concordato del 87”.
Pero antes, dice: “La carta
expedida en tan difíciles circunstancias fue, obviamente, un
disparate en algunas de sus disposiciones. Otras eran un desafío a
la historia, hecho con grandeza, en el ánimo de sepultar, de una
vez, el feudalismo y la organización española en la ley nacional”.
A don Pascual lo perdió su
indiferencia por el amor, a cambio del gesto heroico, impetuoso y
romántico en cumplimiento solo de un designio de muerte en plena
juventud, además, de las circunstancias que le precedieron, en mi
opinión, sin sentido. No le fue igual a Estefanía. Era latente en el
medio una cierta conspiración frente al amor, máxime en una sociedad
jactanciosa por sus principios cristianos, pero solo fariseos...
José Manuel y Estefanía fueron víctimas de una maquinación absurda.
Sentimientos recurrentes, de una u otra forma, que siempre vienen al
caso: reacciones torcidas, cazadores de brujas, que se anteponen a
los principios vitales y sacrifican la
vida. Es este, pues, el episodio
central de la novela. Ya sabemos que la novela es un escenario de la
vida: es la vida elaborada y su cotidianidad en el tiempo. Aquí me
detengo para decir -en mi opinión- que ella, la escritora, traduce
en su novela todos estos años de vida y de maduración, aprehensión y
defectos, ahora somos pueblo y se nos devuelve como objeto, somos
objeto de nuestras propias miradas, estamos ahí para ser juzgados,
desde ya, con todas nuestras virtudes y defectos...
Ya, con el libro entre mis manos,
le he cogido cariño a esta novela porque trata de nosotros, y toda
ella se mueve en un territorio afín. Desde las primera páginas ella
marca el carácter, el, cual ha dado origen a nuestra sociedad de
hoy. Interesante en el fondo, pero contradictorio. Así lo veremos.
Un paisaje primario y una atmósfera que le inunda, con cuya
descripción la autora nos recrea hasta el deleite, voluptuosa entre
sus paisajes montañeros y andinos. “Notad - describe Carlos E.
Restrepo - el mismo acento de la voz, cantado y prolongado, “rudo y
dejativo”, que se impuso por el apartamiento de choza a choza, de
plantío a plantío, de cerro a cerro; y por el rumor de los vientos y
por el estrépito del agua en los torrentes”. Este es el medio y el
entorno de sus personajes. Sin embargo, no es verdad tanta belleza
-es un dicho popular-, porque sus principios primarios van en contra
vía de la realidad, o eso que engañosa o absurdamente se esconde
tras los prejuicios y las creencias, pero que generan tras el velo y
las justificaciones solo acciones perversas, sobre lo cual ha habido
bastante ilustración. De sobra sabemos como una cierta oligarquía
(me refiero a los poderes) se privilegia dentro de esos prejuicios,
y en ellos se justifica su perversidad, y se guarda para no
contaminarse, ni parecerse al vulgo y sus costumbres: la nobleza
rusa se entendía en francés, el idioma autóctono era del pueblo. Las
otras sociedades guardaron, o han guardado sus equivalentes. Entre
nosotros ha predominado el prejuicio religioso que se ha hecho
costumbre, adoptado a su manera por las familias de tradición, un
concepto de vida y de partido político, que se ha propuesto influir
en todos los ámbitos. Pero, en la novela que nos trata, me parece a
mí, que desde el principio ella toma conciencia de la problemática,
toda vez que el escritor define muy bien a la mujer de sociedad y
bien “educada” (bien educada en el sentido de lo que significaba la
mujer en ese entonces), pues, la vez que se refiere a ella, o mejor,
cuando Estefanía -la hija de Agustín Giraldo e Isabel- va a concebir
el hijo del hombre que ama sin antes haberse casado: “EI hecho de
ignorar los relacionado con la concepción y el nacimiento de un niño
era la mejor prueba de castidad de una recién casada. Por eso la
caída de Estefanía parecía obra del diablo, algo imposible de
sucederle a una hija suya”.
Pero lejos del aspecto juvenil de
Pascual Bravo, desbordado e impetuoso, prevalece, impertérrito, la
figura de Pedro Justo Berrío. Su presencia es un trasfondo de
magnanimidad, y no de otra manera le describe la autora,
imperturbable y vertical en la acometida de sus principios, aunque
tal austeridad es propia de su rigurosa formación conservadora, en
contra vía de mis reflexiones liberales. Confieso que disfruté de la
personalidad de Flor de Lis. De todos, me pareció el personaje
cumbre, mejor logrado. Estoy convencido, y es solo mi punto de
vista, que la mitad de ella se le ha quedado a la escritora entre el
tintero. Y hasta me pregunto sí no es exagerado pensar en Flor de
Lis como un buen principio para otra novela, o para un buen cuento.
En todo caso, la novela ha estructurado unos personajes fascinantes.
Flor de Lis es la heroína popular y la conciencia del pueblo. Ni
para ella ni para su clase funcionó la independencia, lo sabemos, la
voluntad del libertador parece que se hubiera traspapelado en el
congreso de Angostura... Ella encarna a todas las heroínas que han
muerto por una causa más justa, por la mujer, y por la
independencia. Cualidades incompatibles con la ambición desmedida y
perversa que hace tanto daño humano, encarnado en la persona de un
tal Agustín Giraldo, personaje siniestro. Sobra decir que todos los
personajes de la novela “Amores sin tregua” están profundamente
caracterizados. Son la parte tangible de nuestra comunidad, la cual
ha madurado y dado origen a nuestro destino inconfundible. Ahora
somos algo: somos pueblo. |
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